¿Quién se atreve a entrar a la playa de Manzanillo? Nadie. Da miedo. Tantos cascos de barco tirados, tanta basura, ese ambiente de suspense tropical en el que parece que todo puede pasar. Y tanto ha pasado. Especialmente el movimiento de vecinos que pretende recuperar el uso productivo de la playa y al cual, gente de fuera que se ha beneficiado en perjuicio del barrio, se ha opuesto de manera siempre egoísta y con amenazas y declaraciones fantoches, ahora en su última versión cobijada bajo un sindicato que hace tiempo dejó de ser nuevo y que incursiona en el ecologismo manteniendo un zoo particular con ejemplares de todas las especies que renuncian a su libertad con tal de asegurar un bocado.
¿Por qué una defensa por un lugar tan abandonado? Precisamente por eso. Fácil es buscar declarar una playa remota como “certificada” cuando no presenta las cicatrices de un desarrollo descuidado. Y políticamente es muy cómodo: nada mas hay que poner un listón para cortar y ya. Asunto muy diferente es ordenarla, desarrollarla, recuperarla y lograr que beneficie por igual a todos los involucrados y que “algo” le deje al barrio, cumpliendo con esto una de las premisas de la sustentabilidad.
Hace un par de días estuve por ahí, caminando entre los desechos, respirando el abandono y atestiguando el entusiasmo de los genuinos trabajadores de la playa, los varadores. Viejos la mayor parte de ellos, no puede evitar recordarlos cuando eran torres de músculos morenos y turgentes moviendo embarcaciones de toneladas de peso usando polines, cuerdas y antiquísimos winches. Alguna vez, me platicó uno de ellos, mi padre los tomó como modelos para dibujos al carbón representando el trabajo en su forma más primitiva. Cuarenta años y cientos de toneladas varadas en tierra después, esos cuerpos admirables se enfilan marchitándose hacia la vejez con algo menos que un par de billetes en el bolsillo y rodillas y cinturas desgastadas por el esfuerzo físico. Miedo es lo menos que deben sentir en sus corazones al pensar en su futuro. Congoja es lo que los debe invadir de saber que muy pronto no podrán hacer su trabajo como siempre lo habían hecho.
La propuesta de remodelación de playa Manzanillo los acoge con el cariño y el respeto que merece un trabajador de siempre y corrige de paso la manera tan anticuada y contaminante con que se les hizo trabajar toda la vida, en donde el patrón disfrazado de cooperativista nunca les procuró ni un ápice de seguridad social. Cuarenta años, dicen algunos, cincuenta otros, sesenta los mas echadores. Tanto no debe ser, pues a mis cincuenta años recuerdo que la playa era lugar de acapulqueños, de esquiadores novatos y expertos de toda nacionalidad y de pescadores-niños que tarde con tarde sacábamos “charritas” que mi abuela con cariño tatemaba en aceite para que nos las pudiéramos comer con todo y espinas. En ese entonces el “astillero natural” era un pedacito solamente, en el que como el sapito los invasores alguna vez expulsados de la playa de Caletilla se iban inflando e inflando.
Con el tiempo y una administración descuidada de la playa el lugar se convirtió en el depósito gratuito y tiradero de lanchas más grande de la costa del Pacífico mexicano, defendido de manera abusiva por los que no querían tener su embarcación en casa o pagar pisaje, situación tolerada comodinamente por autoridades apaciguadas con sabrosos guisos de caguama cada primero de junio. Ya una vez hubo la oportunidad de remodelar la playa y el astillero cuando se consiguió un recurso por parte de SCT para remozar el Paseo del Pescador, en el que no se incluyó Manzanillo por grillas mentirosas y convenencieras del grupo de invasores-contaminadores. El mismo paseo ahora se ha convertido de manera enojosa en un muladar para almacenar lanchas y reparar motores, haciendo la inversión de $170 millones de pesos por parte de la Federación la más infructuosa y desperdiciada de los últimos años en el puerto de Acapulco.
Parado en la esquina conocida como Punta Sirena, viendo hacia abajo las rocas cubiertas con algas verdosas y muy pocos peces nadando entre ellas, recordé lo importante que es para mí este lugar: es el mismo en el que decidí la carrera que iba a estudiar, y que no podía ser otra que las ciencias del mar. Fue aquí mismo levantando esas rocas para descubrir cangrejitos de muchas formas y colores, gusanos planos enormes y estrellas serpiente que el mar capturó para siempre mi atención y mi propósito. Recordé el primer pulpo que atrapé con un gancho hecho de alambre galvanizado apenas a unos metros de este lugar y el miedo que sentía al nadar de una roca a otra imaginando quiméricos seres marinos queriendo alcanzar mis calcañares de niño. Aquí también pisé mi primer erizo, un cabeza de viejo, y aún recuerdo como me dolió cuando alguno de esos morenos de la playa golpeó mi pie con un madero para remediar la situación al viejo estilo costeño de pulverizar las espinas dentro de la piel. Fue aquí mismo que el misterio de las mareas y el oleaje pasó a formar parte de mí.
¿Podremos lograr como acapulqueños de cepa y nativos de Manzanillo contener las ansias privatizadoras de los constructores de embarcaciones, dueños de decenas de lanchas invasoras del Paseo del Pescador, millonarios con concesiones en el malecón y de seguro en la playa de Majagua, potenciados y fanfarrones con su nuevo socio que hace alarde de su capacidad de movilización de “obreros” y su poder económico? Si este líder quiere favorecer a su compadre, que se lo lleve a Puerto Marqués, que de seguro allá sí son bien recibidos. Los que genuinamente somos de Manzanillo estamos hartos del vasto daño ambiental ejercido impunemente por esta gente a nuestra playa y que ahora usan de argumento para justificar que nunca podrá ser un lugar turístico.
Bien estaría que PROFEPA en un acto de justicia les hiciera una relación de los delitos ambientales de orden federal que han cometido a lo largo de los cuarenta años que dicen haber estado operando en esta vilipendiada playa. Bien estaría que la autoridad ambiental federal y estatal voltearan a ver este lugar para poner un hasta aquí a tantos abusos.
PD :Sirva este artículo para decir adiós a un gran avecindado de Manzanillo, asesinado cobardemente a tiros en esta ola de violencia desatada en el estado y que es negada cómodamente por los que tienen con qué pagar guaruras hasta para ir a comprar una yoli a la esquina. Adiós Sergio Espinosa, te vas a perder la defensa de Manzanillo; espero que desde donde estés en algo nos puedas ayudar. Lleva saludos a Don Ernesto García Moraga y dile que queremos recuperar y modernizar la última playa que vieron sus ojos antes de encaminarse hacia la Eternidad.
A riesgo de que este escrito sea tomado como uno más entre las miles de cartas aduladoras que me imagino recibirá por su merecido triunfo a la cabeza de la coalición de fuerzas de izquierda de nuestro estado, le hago llegar mi muy personal opinión de lo que se podría hacer en Guerrero ahora que en el mes de abril se inicia en una nueva administración estatal.
Por: Efrén García
Por: Efrén García
Por: Efrén García
Por: Efrén García.