Posteado por: oceanido | junio 23, 2010

Las primeras lluvias

Por:  Efrén García

Me gustan las primeras lluvias.  Más bien, la primera lluvia.  Me gusta ver como caen las gotas gruesas, como se estrellan contra el pavimento, como casi arrancan chispas después de un día de intenso calor.  Y mientras enfrían el suelo y todo lo que tocan, cómo le hacen brotar  a la tierra su primer aroma de humedad.  Es tan singular. Toda la lluvia que viene después, poca o mucha que sea, no le hacen oler de manera tan especial como las primeras gotas.  Es un aroma que nos hace recordar que ya es tiempo y que el ciclo anual se reinicia.  Es como el leve suspiro del amante que sabe que ha llegado la pareja y se prepara a recibirle sin reproche alguno, como todos los años, después de meses de no saber de ella.  Solo quiere saber de la reunión, no lo que pasó antes ni de lo que pasará después.  Es la promesa eterna de reencuentro eterno.  Es el ritmo anual de la lluvia fecundadora, la llave de arranque de la vida.

Me sorprende que sea ahora, a mitad de junio, que empieza a llover.  ¡Han cambiado tanto las cosas!  Antes era casi un medio de poner el reloj a tiempo, el tiempo de las lluvias.  Incluso recuerdo aquellas largas semanas de lluvia ligera, acariciadora del suelo.  Cinco, siete, diez días de lluvia tan suave que permitía salir casi a donde sea.  Vadeábamos los charcos lodosos para ir a la miscelánea a comprar alguna golosina, algún refresco.  A las 5 dejaba de llover un par de horas y todo mundo salía a hacer algo.  Después se restablecía la caída de agua y arrullaba a todos durante la noche sin el sobresalto que ahora representa el escuchar una tormenta y saber que los cerros que están encima de nosotros ya no tienen la cubierta vegetal que evite que se vengan abajo. 

Ibamos a un río que estaba en la colonia Vistalegre.  Uno que pasaba cerca de la casa de los Batani. Corría un agua fragorosa, limpia, fresca.  Mi fascinación era ir a buscar huevecillos de ranas, renacuajos y ranitas que escapaban croando.  Siempre me llamó la atención el ver como se convertían de remedo de peces a animales terrestres con solo crecerle dos pares de patitas y reabsober su cola temporal.  Los huevos de las ranas y sapos estaban pegados como racimos de pequeñas uvas a las hierbas que rozaban la corriente de agua.  Ahí las voluntariosas y anfibias mamás pegaban uno a uno a sus pequeñuelos con la esperanza de que al menos un sapito pudiera llevar una generación más allá su linaje individual.  Algunos langostinos pude ver también y nunca superé el miedo que me daba meter la mano en una obscura cueva bajo aquel gran matorral para ver si podía capturar uno que fuera realmente grande.  Me conformé solo con los pequeños, los que podía ver y que tenían muy pequeñas tenazas que solo daban pellizcos suavecitos.  Todo eso acompañado del olor fresco del agua sazonado el aroma de unas frutillas violetas que crecían silvestres a lo largo de toda la ribera.

Una vez capturé una hermosa rana de un color verde brillante.  Era tan bella que no quise dejarla ir como a las demás.  Sus ojos grandes y líquidos me miraban mientras trataba de zafar sus patas par ir a cualquier otro lugar que no fuese conmigo.  Al llegar la noche la metí en una de las jaulas que tenía mi abuela para sus pájaros y me fui a dormir.  A la mañana siguiente el pobre animalito se había deshidratado y había muerto en la misma pose con que la había dejado como cautiva la noche anterior.  Rápidamente me dí cuenta de lo que había pasado y la llevé a un arroyito de lluvia que corría a lado de la casa para ver si revivía.  Un par de horas después hice un hoyito en el jardín y la enterré con un sentimiento de culpa que desapareció en cuanto encontré otras ranitas.  Es por eso que es bello tener 9 años.

Escucho que la lluvia ha cesado.  Claro, si venía de por ahí del cerro de El Veladero.  No falla, si viene de esa dirección el chaparrón es breve y con poca agua.  Solo cae mucha agua durante mucho tiempo si viene desde el mar.  El olor es diferente, la temperatura es más baja y la lluvia se presenta después de unas ráfagas violentas de aire que avisan que hay que buscar resguardo.  No falla.  Hasta ahora no es la lluvia que ha caído la que reconocemos en Acapulco como la de época de lluvias.  La que le da el nombre a nuestro puerto en la antigua leyenda yope en que la celosa nube Quiáhuitl  anegó a su amado Acatl que reposaba entre sus hijos los carrizos. La que arrasa con furia femenina todo a su paso y que nos recuerda que el agua que sangra de los cerros corre hacia el mar por sobre lo que se le ponga enfrente, teniendo como complice infaltable para sus múltiples estropicios a la vieja fuerza de gravedad.

Cae algo más de lluvia y aprovecho para dormir con el fresco que ha quedado flotando en el ambiente.  Y con ese aroma me preparo para ingresar en el mundo de las muchas posibilidades.


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